Encuadernación

    Cuaderno tamaño A5, forrado en terciopelo rosa viejo, con esquineros dorados, de 100 hojas rayadas y cosido a mano.

    La portada muestra El Buen Pastor, de Bartolomé Esteban Murillo, una obra de profunda delicadeza y ternura humana. En el cuadro, Cristo aparece representado como un niño pastor, sentado serenamente en el paisaje, con el cayado en la mano y un cordero a su lado. La escena transmite calma, protección y cercanía. La figura del Buen Pastor simboliza a Cristo como protector de las almas, dispuesto a cargar y cuidar incluso a la más frágil. El cordero, apoyado con confianza, refuerza esa idea de entrega y amparo.

    En los siglos III y IV, cuando el cristianismo aún era perseguido, Jesús no solía representarse de forma directa ni como crucificado. En su lugar, se lo mostraba simbólicamente como un pastor joven que carga una oveja, imagen tomada tanto del Evangelio (“Yo soy el Buen Pastor”) como de modelos clásicos grecorromanos (el kriophoros). Esta figura expresaba protección, salvación y cuidado, sin necesidad de mostrar sufrimiento.

    Estas imágenes aparecen con frecuencia en catacumbas, frescos y relieves funerarios, donde el Buen Pastor simbolizaba esperanza y vida eterna.

    La obra El Buen Pastor de Bartolomé Esteban Murillo retoma esa tradición primitiva, pero la reinterpreta desde la sensibilidad barroca:

    Cuaderno El buen pastor

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    Cuaderno tamaño A5, forrado en terciopelo rosa viejo, con esquineros dorados, de 100 hojas rayadas y cosido a mano.

    La portada muestra El Buen Pastor, de Bartolomé Esteban Murillo, una obra de profunda delicadeza y ternura humana. En el cuadro, Cristo aparece representado como un niño pastor, sentado serenamente en el paisaje, con el cayado en la mano y un cordero a su lado. La escena transmite calma, protección y cercanía. La figura del Buen Pastor simboliza a Cristo como protector de las almas, dispuesto a cargar y cuidar incluso a la más frágil. El cordero, apoyado con confianza, refuerza esa idea de entrega y amparo.

    En los siglos III y IV, cuando el cristianismo aún era perseguido, Jesús no solía representarse de forma directa ni como crucificado. En su lugar, se lo mostraba simbólicamente como un pastor joven que carga una oveja, imagen tomada tanto del Evangelio (“Yo soy el Buen Pastor”) como de modelos clásicos grecorromanos (el kriophoros). Esta figura expresaba protección, salvación y cuidado, sin necesidad de mostrar sufrimiento.

    Estas imágenes aparecen con frecuencia en catacumbas, frescos y relieves funerarios, donde el Buen Pastor simbolizaba esperanza y vida eterna.

    La obra El Buen Pastor de Bartolomé Esteban Murillo retoma esa tradición primitiva, pero la reinterpreta desde la sensibilidad barroca:

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